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miércoles, 16 de septiembre de 2009

Al habla Julieta

Hacía tiempo que Celia nos había hablado de la visita que nos haría Rubén Ruiz Fernández, jefe de Cultura del 20 Minutos. Fue antes de que el primer grupo se fuera de vacaciones. Lo primero que nos dijo fue que él haría un esfuerzo importante en ir a visitarnos a la radio antes de entrar al diario, a eso de las 10. Mis dos primeras impresiones fueron que la cita estaba todavía lejos y que empezar la jornada dos horas antes era todo un detalle.
Una semana antes de la entrevista, en la clase de Celia, se habló sobre la visita de Rubén. A la vez, se puso en marcha un concurso en el blog. Teníamos que esmerarnos en la investigación sobre la persona y el personaje, en este caso nunca mejor dicho porque es actor. También debíamos acordar, entre todos, de qué manera abordaríamos la entrevista. Acordamos que ante los micrófonos, le entrevistaran Asier, Lola y María. Aarón se encargaría de la parte técnica, y además de los temas de los grupos que la profe nos contó que le gustan, buscó una banda sonora que no sé bien cómo pensó que le gustaría (lamento no haber seguido el hilo, porque suele ser muy interesante ver el camino que otros siguen para encontrar algo que está bien, que es cierto, siguiendo pistas diferentes). Buscó además algunos colchones y se aseguró de que todo estuviera perfectamente en el estudio digital.

Cuando Rubén llegó, yo estaba con Asier en el Madrid en Ruta. Ellos dos se saludaron porque se conocían, habían hecho juntos toda la carrera. Yo atiné a saludarlo con dos besos, y aunque me puse de pie, el recurso vino bien como detalle, porque ahí quedamos, en un simple “Buenos días, encantada”. Esa mañana, el programa duró sólo media hora, y cuando terminamos, bajamos los cuatro: Asier, Lourdes, Aarón y yo. Ya estaban todos en el aula 10, riéndose un poco y –en apariencia- distendidos. Ni bien llegamos, María me dijo que era mi turno. Yo no sabía de qué, así que me inmuté bastante poco, mantuve mi rubor a un nivel… Si cero es imposible, porque nunca faltan mis mejillas coloradas, ya sea por frío, calor, vergüenza, timidez; y 10 lo habitual en cualquier situación de esas… yo diría un 4. Muy razonable. Bueno, lo cierto es que era mi turno de presentarme. Es interesante repasar algunas de esas presentaciones: ¿qué le dices a alguien que a priori te resulta interesante, pero con el que no tienes ningún compromiso más allá de lo correcto, de la buena educación?. Como decir que no soy de acá es un poco redundante, pero igual lo digo, creo que no dije de dónde, pero que hace 5 años que estoy en Madrid, y que estoy muy contenta con este trabajo, ya que es un placer trabajar de lo que estudié y de lo que me gusta, más importante aún. O algo así. Bárbara dijo que era la benjamina del grupo, “bueno, no, Benjamín es él, jajaja”, Marta G. comentó que ella se incorporó tarde, que es madre, Rosa mencionó su vena artística, Asier nos contó lo que hizo después de la facultad, Lola que es la mayor y cómo se acercó a la radio. Del resto no me acuerdo, aunque seguro que si lo comentamos, todos recuerdan alguna cosa que hubieran preferido no decir, o decirlo de otra forma: la presentación fue del todo improvisada, según me pareció. O suficientemente natural. Mientras nos presentábamos, él estaba de pie, apoyado delante de las mesas que están paralelas a las ventanas, y más cerca de ese extremo del aula. Celia estaba a su lado.
Cuando terminamos nosotros, ella le dijo que ahora le tocaba a él. Se presentó y luego cambió de lugar, se puso frente a nosotros, con la misma postura pero en la mesa del docente. Yo bromeé sobre que se iba a exponer demasiado, pero él se lo tomó con mucha frescura y ahí se quedó. Las preguntas fueron interesantes. Hablamos de cómo fue su camino profesional hasta donde está hoy, de la situación laboral, de qué mira en un CV y en una persona, y creo que el punto gracioso lo puso Bárbara, cuando le preguntó “alguna cagada”, porque –y era cierto- todo parecía demasiado perfecto. Y nos contó no una sino dos, una de su primer día en el diario y otra… de hacía un par de días.
Y luego subimos a grabar la entrevista. Ahí hubo unas cuestiones técnicas y de otra índole sobre las que después del recreo reflexionamos en grupo, pero en general, la entrevista estuvo muy linda. Una de las cosas más importantes, creo yo, y que se nota en las fotos de Benjamín, es la naturalidad con que Rubén se sentía en el locutorio. Nuestros compañeros por ahí estaban más tensos esperando el momento preciso para preguntar, o hacer un comentario, pero él estaba como en su salsa.
Después fuimos todos juntos a tomar algo a un bar al que no vamos nunca, por lo menos a la hora del recreo, y hablo por mí, claro.
Todos estábamos de buen ánimo, él también, y María dio la nota cuando atendió el teléfono del bar, todos nos reímos. Cuando Rubén se fue, nos saludó a todos, y nosotros fuimos volviendo a nuestra zona habitual de descanso. Ahí empezamos a hablar, a reflexionar sobre cómo nos había parecido todo el encuentro, tanto en la sala como arriba en el locutorio y en la sala de control. La conversación siguió en el aula de siempre. Las sensaciones eran diferentes, el lugar donde estábamos y el rol que desempeñamos las condicionaron, pero creo que más allá de lo que expresamos todos, creo que una de las cosas más interesantes es haber sido capaces, todos, de ponerlo en palabras cuidadas, medidas, para no herir susceptibilidades, pero también para que no quedara ninguna duda de nuestra personal experiencia en el grupo que somos. Ese momento de expresión fue un aprendizaje en sí mismo y demuestra que durante estos meses, en las tres horas que los martes no dedicamos a la radio, hicimos algo más que conocer la estructura de la motivación o las etapas de la entrevista de trabajo...

(foto: Benjamín)

miércoles, 19 de agosto de 2009

Julieta al habla

Bueno, yo creo que me fui un poco por las ramas, de hecho mi texto no empieza con la frase. Lo escribí mientras tomaba solcito en la piscina, pero lo hice con todo el entusiasmo y pensando mucho. Espero que os guste la idea, aquí va.

El Barón nos da una pista: "ponerse en el lugar del otro", dice, es sólo una frase. Yo empezaría, precisamente, por analizar esa afirmación. Decir que una frase es sólo una frase, que la libertad es sólo una palabra... es una redundancia. No sé si me asignarán una etiqueta por lo que diré, pero el mundo que conocemos, es un mundo de palabras, frases, historias contadas. Alguien dirá que que en esta postmodernidad que nos toca vivir, la imagen es mucho más potente que las palabras... Y es posible que en algunos casos así sea, pero para poder ser interpretada, esa imagen necesita del lenguaje, ya sea escrito o verbal. El lenguaje nos completa, nos ayuda a comprender y comprendernos. A objetivar. Cuántas veces nos imaginamos cosas, pensamos, y sólo cuando ponemos todo es en palabras nos damos cuenta de que era un poco o muy loco, genial, absurdo... Hay veces incluso que no nos atrevemos por no verlo ahí, fuera de uno. Tal es la fuerza de la palabra escritas. Tal que a veces preferimos decir las cosas a la cara, antes que verlas ahí, como algo que ya tiene vida propia y puede perpetuarse. Pero esas disyuntivas nos las planteamos con las palabras que son especialmente significativas para nosotros. Otras, las frases hechas, las fórmulas de cortesía, las decimos muchas veces sin pensar en todo lo que suponen. Un “buenos días”, además de un saludo, es un lindo deseo para el otro; un “muchísimas gracias”, una enorme declaración de gratitud. ¿Pero las decimos en verdad con ese sentido? ¿O porque queda mejor decir “muchísimas gracias” que sólo “gracias”? Parece como si las palabras, de tanto usarlas, se gastaran y ya no sirvieran igual, y se hiciera necesario el superlativo. En Argentina, por ejemplo, en la década de los ’90, se fue adquiriendo entre los adolescentes el prefijo “re” para maximizar las cosas: “es re lindo”, “re malo”, “es re simpático”. Al principio fue un recurso que usaron otros, no nosotros, que nos reíamos del tonito con que se decía. Pero ya son (somos) pocos los que pueden expresar algo muy lindo, malo o simpático sin el “re” adelante. “Muy” suena a poco.

En estos días terminé de leer “El viaje del elefante”, de José Saramago, que bien merece un comentario aparte. Pero a propósito de las palabras, les cuento que lo leí con un lápiz a mano. El libro es un regalo y me lo apropié. Empecé a subrayar una palabra que no conocía e intuía básica para la historia –cornaca-, pero luego seguí subrayando otras menos imprescindibles aunque igualmente desconocidas, y terminé señalando también lo que me parecieron declaraciones magníficas. Una, en la página 255, habla sobre la utilidad de las frases y metáforas repetidas hasta la saciedad: “Realmente, la mayor falta de respeto para con la realidad, sea ella, la realidad, lo que quiera que sea, que se puede cometer cuando nos dedicamos al inútil trabajo de describir un paisaje, es tener que hacerlo con palabras que no son nuestras, que nunca fueron nuestras, vean, palabras que ya recorrieron millones de páginas y de bocas antes de que llegara nuestro turno de utilizarlas, palabras cansadas, exhaustas de tanto pasar de mano en mano y dejar en cada una parte de su sustancia vital.” Sigue hablando sobre la utilidad de la metáfora “arroyo cristalino” y de la confianza que tenemos en quien nos habla de ese arroyo...

Yo creo que algo similar pasa con “ponerse en el lugar del otro”: es una frase demasiado manoseada. Para mí, la manera de quitarles ese aire de fórmula a las frases hechas, consiste en hacerlas realidad, llevarlas a la práctica. Uno siempre sabe cuando el otro lo entiende, cuando de verdad está agradecido o arrepentido. Y entonces, un rato de escucha activa (interesante concepto), o sencillas palabras como “gracias” o “lo siento” son mucho más que suficientes. Si el sentimiento no es sincero, no hay superlativo que valga.

Y cuando sólo se trata de escribir, de transmitir lo que nos pasa de la forma más fidedigna, entonces hay que buscar las más bellas metáforas, como la que leí esta mañana, de Haruki Murakami en “Sauce ciego, mujer dormida”: “Parecía que hubiera venido alguien mientras yo dormía y hubiera esparcido polvo de silencio a manos llenas.”


Julieta

jueves, 25 de junio de 2009

Julieta y la novia cadáver

Je je je

Testimonios: Tim Burton

Y un par de recomendaciones blogales de La Profe: La Sonidera y Gabalaui.

Bueno, a lo que vamos: Julieta nos envía un análisis sobre la comunicación no verbal en 'La novia cadáver' del bueno de Tim.

La novia cadáver

De esta película, destacamos los siguientes personajes: los prometidos (Victoria Everglot y Víctor Van Dort), sus padres, la novia cadáver (Emily), el oportunista (Lord Barkins), el cura y el mayordomo de la familia Everglot.

Si los observamos según el criterio de los estilos comunicativos, encontramos dos estilos predominantes y los respectivos personajes que les dan cuerpo: el pasivo, representado en Víctor, Victoria y Emily; y el agresivo, en los padres de los prometidos, el oportunista, el cura y el mayordomo. A continuación explicamos el por qué de esta afirmación.

Víctor es, de todos los personajes, el que tiene más gestos vinculados con el estilo de comunicación pasivo, entre los que destacamos los siguientes: va siempre por detrás de los demás, no termina las frases, camina hacia atrás, mira hacia abajo, huye, siempre pregunta y no decide ni bailar. Todo esto se acentúa con su mirada, que siempre parece pedir la aprobación de los demás, y sus cejas, cuyos extremos más cercanos al centro de la cara están siempre levantados. Él se va a casar con Victoria porque otros lo decidieron así, y aunque luego, cuando se ve arrastrado a la vida con Emily, elija él a Victoria e intente volver con ella, él siempre termina aceptando lo que los otros organizan.
Victoria tiene los mismos gestos que Víctor, aunque sea menos huidiza y acepte con otra actitud las cosas. El casamiento también le es impuesto y tiene que someterse a la voluntad de sus padres, más que Víctor porque durante toda la película ella está en su casa, en un espacio en el que ellos la tienen, si no prisionera, retenida.

El caso de Emily es diferente. Si bien una vez que Víctor pone el anillo en su dedo, ella le impone a él el matrimonio y la vida en el otro mundo, siendo quizás para con él algo agresiva, hay que señalar que ella estaba esperando el anillo y los votos porque alguien había decidido en ese sentido y la había condenado a ello. Ella tampoco decide que sea Víctor, sino que podría haber sido otro, y tiene una actitud de aceptación de la realidad que lo une a este mortal, así como acepta que se quede finalmente con Victoria. En cuanto a las actitudes agresivas que tiene hacia Víctor, podemos señalar que se lo lleva, lo persigue, es capaz de bromear sobre la situación, y es quien lo arrebata del lado de Victoria cuando él intenta engañarla.

Los padres de ambos prometidos tienen marcados estilos agresivos. El movimiento de las cejas es exactamente el opuesto que el de Víctor y Victoria, pero en lo que más se nota es en la forma en que imponen su voluntad a sus hijos mediante un matrimonio acordado, en el que ni se preguntan sobre los deseos de los jóvenes. También en cómo limitan sus acciones (no deberían estar juntos antes del casamiento) y su espacio. No sonríen en ningún momento (de hecho cuando la señora Everglot le pide a su marido que lo haga, la mueca es de lo más caricaturesca porque él es realmente incapaz de sonreír). Manejan también el tiempo, pueden dar plazos para posponer la boda de Victoria y Víctor y deciden finalmente que ella se casará con Lord Barkins. Entre los cuatro hay, sin embargo, una diferencia. La madre de ella es la más agresiva de todos, que manda sobre su marido y sobre todo el resto de la gente; el Sr. Everglot, quizás por su incapacidad de expresar cualquier sentimiento agradable sería el siguiente en agresividad. Los padres de Víctor se someten ambos a su voluntad, pero es el Sr. Van Dort el que sigue un poco la corriente de lo que organizan los otros. Él sería agresivo por no demostrarse de otra forma y acatar las decisiones de los otros, que violentan la voluntad de los prometidos.

Lord Barkins, el oportunista –como le hemos llamado- se ha enterado de la boda por el pregonero y sólo quiere sacar provecho. Aparece en el ensayo sin que nadie le conozca y casualmente resuelve el incidente, pero de ahí en adelante sólo intenta imponer su voluntad. A medida que avanza la película nos enteraremos de lo que hizo con Emily y descubriremos que ante la falta de Víctor, les propone a los padres de Victoria reemplazarlo, veremos también que contra la voluntad de ella y porque espera una buena situación económica que no es tal. Ignorando tal giro, él va igualmente a por el dinero, sin importarle lo que pueda sentir Victoria. Además, tiene una postura altanera, parece que mira a todos desde arriba.

Tanto el cura como el mayordomo tienen breves apariciones pero cargadas de significado con respecto a los otros. Ambos están en la escena crucial del ensayo de la boda, cuando Víctor, que no consigue decir los votos correctamente, se pone cada vez más nervioso ocasionando inconvenientes. El mayordomo está supervisando todo desde la puerta y es el que está ahí cuando Lord Barkins se sienta sobre una silla que todavía no está puesta (pero que el mayordomo logra poner a tiempo) y deposita la copa vacía en una bandeja que también llega en el momento preciso. Por estos dos detalles podríamos decir que está sometido a los deseos de otros, y así es en cierto sentido. Pero lo hace desde una actitud de superioridad, que ilustran su cabeza siempre levantada mucho más de lo necesario y su nariz aguileña, típica de los brujos. El cura también se sitúa en una posición de superioridad pero no porque levante nada sino porque es mucho más alto que todos y aún encorvado, otra vez como los brujos, con quienes también comparte la forma de la nariz, maltrata verbalmente a Víctor, que no consigue decir los votos como corresponde. Es él quien decide finalmente que la boda se pospondrá hasta que el prometido esté preparado.