La evolución de Internet no has llevado a una plataforma de trabajo conocida como puede ser los buscadores ( GOOGLE) o, a tratarse de la Web 2.0. [...]. La Web 2.0 está transformando la forma de compartir el conocimiento en general y en especial la información médica, es la web del usuario y para el usuario al igual, y en el caso de Google se ha convertido en uno de los buscadores más importantes y potentes y ha ampliado sus servicios incluyendo correo electrónico, traductores, buscadores de imágenes, noticias, sistema de chateo y de mensajería instantánea, y sigue avanzando. Llegando a conseguir tanta o más importancia (económica y social) como el propio Microsoft.
No me he tomado la molestia de ir a El Rincón del Vago a comprobar las 'fuentes' (por cierto, veo que los profes no han variado un ápice las lecturas obligatorias desde mis tiempos: 'Ética para Amador', 'Luces de Bohemia' e 'Historia de una escalera' siguen siendo los superventas). Hay que encontrar un término medio. Ni Einstein ni Frankenstein.
Lo que es escribir sobre asuntos que o bien no dominamos o bien nos importan un pepino, podemos escribir sin pensar (y no duele). Pero cuando toca revisar lo escrito, viene el dolor. No hace falta ser hipercrítico, ponerse a depurar la prosa para que quede tersa y eléctrica. Dolerá. Pero es uno de esos dolores que nos depuran moralmente. Terminar esos trabajos no es sólo alivio del dolor, sino que además nos enaltecen. Y sólo exigen procedimientos tan sencillos como pasar un corrector ortográfico, releer el texto y cerrar las oraciones incongruentes, revisar los estilos de los párrafos. Por cierto, esto me lo he saltado: a cambio he propuesto tirar el manual a la papelera y escribir otro desde el principio. Después de la introducción mejora, pero entre Einstein y Frankenstein, se queda en el Hombre Lobo.
En clase de redes sociales, un ingeniero de la antigua E.N.A.S.A., la empresa pública de automoción que montó Franco en los años 50, me cuenta la historia de los coches de lujo Pegaso. En seis años, construyeron menos de 100. Cada uno valía 150.000 pesetas de entonces (como un Ferrari ahora). Pero es que los costes de fabricación llegaban al medio millón de pesetas. El ingeniero le preguntó un día al gerente por qué seguían fabricándolos, y éste le respondió que daba igual, pues la diferencia se les iría "en publicidad". Claro, no me quiero imaginar la publicidad que tendrían que usar para convencer al Sha de Persia, al Barón Thyssen y a Leónidas Trujillo de que se compraran uno. ¿Una cita con Sarita Montiel? ¿Con Carmen Sevilla? ¿Con Carmen... Martínez-Bordiú?